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| Θεοτόκος του Βλαντιμίρ |
Escribir sobre Dios es tan peligroso como escribir sobre uno mismo: uno no sólo exagera, sino que generalmente -sino siempre - se equivoca. Lo divino traducido en palabras se pierde y se hace poca cosa, se hace tan esquivo como el primer amor. Si uno quiere que salgan rosas, salen sí, pero marchitas, y la piel se agrieta en la medida en que lo divino se va pareciendo más a uno mismo. En realidad, hablar de cosas espirituales no es un buen camino para hablar, pues uno termina hablando de uno mismo, de lo que debería, soñaría, desearía ser uno mismo.
Y sin embargo, Dios está en uno mismo. El ser, la misteriosa forma que tiene la verdad última de la vida, reposa en la también misteriosa realidad que uno mismo es. Pero, no se llega a esta verdad sino se ha sufrido. No puedo transmitir con palabras la experiencia del encuentro con Dios. Ni si quiera, se puede hablar, por ahora, de un encuentro con Dios. Me temo que es algo de lo que no se puede hablar. Sólo se puede ser. Y ahí donde se es, las palabras están sobrando.