sábado, 1 de septiembre de 2012

SOBRE HÉROES Y SANTOS.


La santidad como la heroicidad no tendrían que devenir de lo que digan las instituciones. En el caso de la santidad, hasta donde sé, no se niega a nadie que crea en Dios firmemente. Si la institución es santa, santos serán los nombramientos que confieren a los hombres de vida recta y ejemplar. Pero, parece que se equivocaron algunas veces. Quizás no tanto al reconocer a uno por santo, sino por el tiempo en que se demoraron. Pero, como son cosas de Dios, es difícil saber en qué hubo error, y lo más probable es que uno esté totalmente equivocado en sus pareceres.
Más difícil es el nombramiento de los héroes.  Por un lado, parece que las instituciones no son las llamadas a determinar quién es héroe. Al hacerlo sin duda tenemos un modelo de vida, un hombre cuya vida nos invita a imitarla pues es la personificación de virtudes. Es la muestra evidente de lo que a los hombres se les hace difícil de alcanzar y que sin embargo, si todos fuéramos como ellos, la vida no sólo sería buena, sino que el mundo sería mejor.

El problema es que en nuestro pequeño contexto, marcado por la opinión pública, que a su vez está marcada por el consumo, por la oferta y la demanda, la heroicidad está contaminada por criterios que “venden”. No hay duda que el sufrimiento es un rasgo de importancia para la determinación de lo que es un héroe - a menos que exista un héroe que no haya sufrido, pero ya creo que no sería simplemente humano. Pero aquí hablamos del sufrimiento sobre el cual uno se alza para la construcción de una vida de valor. Porque también hay sufrimiento de telenovela, de serie policial o sufrimiento de película taquillera, en todo lo cual sólo se roza la profundidad de la experiencia humana, y queda uno en la sensiblería barata, en el llanto fácil, cómico y hasta grotesco.
Se dice que el pueblo puede juzgar mejor que las instituciones y así probablemente habría santos donde la iglesia no vio santos y héroes donde el Estado no encontró héroes. Pero, también algunos no serían ni santos ni héroes, así los reconociese la institución correspondiente. Pero el pueblo sino está educado para la vida santa y heroica no sería el mejor censor para tal determinación. Quizás si uno apelase al sentido común diría que el sentido común popular es el mejor censor.  Pero el sentido común no es algo con lo que se nace, sino que se forma, y en esta formación interviene lo que haga la familia, la escuela y las instituciones públicas y privadas que transmiten criterios y valores a la comunidad. Si hoy, como  parece, hay un índice puesto sobre la rentabilidad, el costo beneficio, la conveniencia y demás criterios utilitarios y pragmáticos del peor sentido general, entonces no parece haber razones para pensar que el pueblo tiene los criterios para designar a tal o cual como santos o héroes. Sólo tiene uno que fijarse en qué apetece gastar su tiempo y dinero, en qué invierte su dinero, en que gasta el ciudadano medio en nuestra localidad, para darnos cuenta qué valora.
Y sin embargo, la ciudad necesita héroes y santos. Parece que sobre los santos hay razones para confiar en una institución que, aún con errores y también aciertos, por lo menos no nos deja sin estos modelos. Que el poder le venga de Dios, puede ser cuestionable, pero hay santos finalmente, y su elección supone un proceso en que se cuidan de embusteros y fanáticos que no faltan.
En cambio, la institución que nombra a tal o cual como héroe, y también digamos heroína, el Estado, no tiene a Dios como garante. ¿Quién le dicta los criterios para tal denominación? Si esos criterios existen es necesario discutirlos en sociedad. Qué ha hecho héroe a Grau y qué a Bolognesi. ¿Son sus valores los que hoy debe llevar un héroe?  Determinarlos socialmente   no sólo es saludable para quienes sean reconocidos como tales, sino que nos llevaría a definir el modelo de ciudadano que buscaríamos ser, a fin de indicar con ello, que todos estamos llamados a la vida heroica como todos estamos llamados a la santidad.