domingo, 2 de septiembre de 2012

AUTENTICIDAD EN LOS MÁRGENES DEL "EGO"

Hace mucho tiempo que no volvía sobre los conceptos tradicionales de "yo" y "sí mismo". Regularmente asumimos que somos de alguna manera un yo. Nos ubicamos en la realidad a partir de este yo conformado por  lo que a primera mano tendríamos frente a nosotros mismos. Yo soy el cuerpo que tengo, por ejemplo. Y esto, no obstante ser una afirmación recurrente a la hora de percibirme, no deja de ser inexacto. Pues, el cuerpo no se tiene, uno también es su cuerpo. Pero, aquí es cuando podría iniciarse la conciencia de la distinción entre el yo y el sí mismo. Pues el yo, parece ser una suerte de fantasía, tal y como la habría descubierto Hume en su momento, pero por otras razones, o tal  y como lo encarara Freud, y también por otras razones. El yo, de quien he de cuidarme de hacer afirmaciones radicales, pues las mismas podrían provenir del mismo yo, manifiesta desde un inicio una fascinación por sí mismo. No obstante, el encuentro con sí mismo permanece postergado, porque lo que impulsa su hacer es precisamente la cantidad de notaciones, adjetivos y características, que como bajo una lluvia ha venido a caer sobre uno desde el momento en que accede al lenguaje y el otro lo mira y le dice, o afirma cosas de este uno.

El yo es prácticamente lo que uno cree que dicen los otros que uno es. Incluso lo que el mismo yo dice de sí mismo, aun cuando, no ha tenido un encuentro con sí mismo que le devuelva a la verdad de sí mismo. Una manera de darnos cuenta de que el yo se falsea, se autoengaña, es el hecho recurrente en los seres humanos de no percibir sus errores sino de justificar sus acciones, e incluso encontrar en los otros a los verdaderos responsables. Así, el yo es una suerte de carta escrita en un momento preciso y fundacional, y que regularmente está repleta de las cosas buenas que se espera de uno. Probablemente Freud tenía razón. La carta se escribió cuando eramos niños, y quizás por ello se mira con tanta nostalgia el pasado aquel, pues ha pasado inevitablemente. En ese momento la carta era precisa, y no había motivo de duda sobre lo que el yo pensaba de sí. Con el correr del tiempo, la carta fue manoseada una y otra vez. Le agregaron adjetivos por aquí, anotaciones al margen, correcciones con lápiz y enmendaduras, pues uno llega a decir a veces, "así no soy yo", o "ahora se quien soy yo". Y lo que ha venido ocurriendo en el fondo es que el yo, preso en las coordenadas de la carta fundacional, ha reforzado esta idea con las nuevas formas adjetivas que vienen de los otros, de la misma cultura y marco ideológico en que ha crecido, y del que nadie puede salir indiferente. Pero hay un momento en que esta fábula que sostiene al "yo" se fractura. El discurso puede ser incoherente, puede ser incluso fragmentario, y así el yo es una suerte de haz de relatos diversos, pero congruentes por un arte imaginativo del "yo". De este modo, la contradicción en el yo, no lo arredra. Por el contrario, la contradicción estimula la formulación que haga el yo de sí mismo. 
Pero el sí mismo siempre se le escamotea en toda definición. La verdad de sí mismo no aparece en la definición. Los conceptos no llegan a explicar la condición del yo. El si mismo es situado más que en un concepto en una experiencia. Hay una experiencia de sí mismo. Una experiencia que de alguna manera exige ir más allá del yo. Es como si se nos pidiera encontrar el si mismo en una experiencia en la que los relatos del yo fueran puestos en evidencia no por su aparente contradicción, sino por su evidente nulidad ante aquello que rebasa la definición. Qué experiencia podría ocasionar semejante perplejidad. Algunas como el amor, la muerte, la soledad, el vacío de la propia existencia, y la nulidad del yo ante aquello que lo supera. Ahí es cuando parece que el yo tiene dos alternativas: o instala un discurso que deforma la realidad, lo deforma a él mismo y así se hace otro, y siempre otro, o deja ir al sí mismo hacia la aparición de la auténtica realidad de la persona: la identidad perdida - y supuesta - cuando se habla del sí mismo. Y digo supuesta, porque es una hipótesis, que confirmaría la experiencia, y que más que hablar a favor del sí mismo, dice lo que no es el yo. Y quizás por ello, la madurez sea una suerte de apertura hacia la propia autenticidad. Un trabajo que uno realiza a través del yo, con valentía, decisión, y con el coraje que exige la propia vida, porque en el sí mismo, en la autenticidad, también se revelaría el propio destino, el propio y personal sentido de la vida que uno tiene.