martes, 3 de enero de 2012

"Sociedad Civil", una promesa moderna.

Hace unos años, antes de que se publicara Caritas in Veritate, escribí un artículo para la revista Testimonio. Ahora me parece oportuno recordar estas ideas, y confrontarlas con el presente, evaluarlas a la luz del tiempo transcurrido. En ese entonces tenía una percepción muy optimista de la sociedad civil, como elemento dinamizador del desarrollo que los pueblos quisiera elegir para ellos mismos. Hoy, en la secuencia democrática que va de Toledo a Humala, y en la medida en que observo cómo van separadas las cuestiones económicas y políticas, creo que es necesario pensar otra vez en la llamada "Sociedad Civil". A continuación el texto que escribí.




Globalización y sociedad civil

Un tema pendiente en la agenda del presente gobierno debería ser el fortalecimiento de la democracia a través de la gestión de la sociedad civil. El presente texto es un acercamiento a la naturaleza de la sociedad civil, su función y posibilidades en el marco de las oportunidades y los riesgos que ofrece la globalización.

Globalización

La globalización es, en primer lugar, una circunstancia nueva y decisiva para la humanidad, como lo fue el salto de la época preindustrial a otra industrial. Su definición, por lo tanto, es problemática. Sin embargo, puede concordarse en que el signo distintivo de la globalización es la nueva estructuración económica del mundo.
Ya el avance científico y técnico había llevado al hombre a experimentar un temblor en las estructuras de su mundo. La revolución industrial deparó, para decirlo brevemente, el inicio de un mundo de ricos y desempleados. Pero a fines del siglo XX, y por el empuje de la tecnología comunicacional, podemos decir que arribamos a un nuevo estado de cosas. Podría llamarse era post-industrial.
El auge de la tecnología comunicacional redefinió casi por completo el escenario para el hombre de estos tiempos. Un solo mundo, una sola realidad. Sin embargo, no llegó a ser un solo destino, pues el desarrollo de las comunicaciones globalizó también la economía, que hasta ahora ha significado la postergación del desarrollo de las economías de los países y regiones más pobres del mundo.
Por otro lado, no sólo se ha globalizado la economía, también lo ha hecho,  políticamente, el “fin de las ideologías” o el “fin de la historia”. Salvo el caso de China, y de algunos países de oriente, donde la historia parece seguir su propio curso en general, desde la Perestroika y la caída del muro de Berlín, el mundo occidental está en manos de tecnócratas antes que en las de los ideólogos, quienes interpretan la realidad bajo un ideal de sociedad. La ideología ha sido absorbida por el discurso economicista.
Como consecuencia de lo anterior, podemos decir que el hombre está desapareciendo cada vez más como hacedor de su propio destino. Si en la visión homérica el hombre está sometido al hado divino y no puede ir contra su destino como ocurre con Edipo, el hombre contemporáneo parece más sometido a las constantes del mercado. Se trataría del totalitarismo ya no de una ideología, sino de la “mano invisible”.
Sin embargo, los especialistas concuerdan en que la realidad económica global actual no es fruto de la naturaleza, sino, por el contrario, de decisiones tomadas por hombres que dirigen a países más ricos o instituciones importantes como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, ante situaciones de riesgo que experimentan en sus respectivas economías, fruto también de la globalización o apertura de los mercados.
Como algunos no creen que esto se deba a una “mano invisible”, se llevan adelante campañas contra estos pocos que deciden por todos. Surgen así los movimientos antiglobalización, que se han manifestado no siempre pacíficamente.
El problema entonces es el siguiente: ¿Hay marcha atrás respecto de la globalización? Y si no la hay, ¿podemos hacer de la globalización un mecanismo que favorezca a los hombres? ¿Es posible hablar todavía desde el hombre y para él en este nuevo contexto?
La globalización, al parecer, es una circunstancia inevitable. Las perillas movidas en el ámbito de la tecnología, especialmente en el mundo de las comunicaciones, desencadenaron un proceso irreversible. Para bien o para mal, en el mundo se derrumbaron para siempre las barreras espacio-temporales.
En segundo lugar, la globalización debe ser una oportunidad para todos los hombres. Nos ha tocado vivir el inicio de una nueva era en que la apertura de los mercados supone la posibilidad de desarrollo de los pueblos. Asimismo, el acceso a los medios de comunicación democratiza el acceso al conocimiento y desarrollo humanos. En ese sentido, los Estados más poderosos son más concientes de la necesidad de ser solidarios con los necesitados, en virtud de que el desarrollo de sus economías no es un hecho aislado.
La defensa de los derechos humanos no es asunto que involucre sólo a un grupo o colectivo social, sino que, gracias a los medios, es un tema universal. En la llamada “sociedad de la información”, la posibilidad de que sean más respetados los derechos fundamentales del ser humano es mayor que en la pasada “sociedad industrial”.
Pero aún falta mucho por hacer. Y es más: la globalización comporta riesgos importantes, como el aparente descontrol del flujo de capitales y su efecto político y social por parte de los gobiernos, sobre todo de los Estados de economías débiles. Esto se aúna al impulso privatizador que socava la idea de nación. La globalización, pues, uniformiza virtualmente el mundo, pero el efecto económico de ello pasa de ser virtual a real. La economía es cada vez más desterritorializante.
Lo que no marcha bien en la globalización es el proceso que considera al hombre una pieza más. Se habla de la globalización como un proceso ciego contra el cual nadie puede hacer nada. Es más, el hombre desaparecerá y sólo quedarán los procesos. En ese sentido, la Iglesia, “maestra en humanidad” nos recuerda algunos puntos muy importantes, los cuales servirán para reflexionar sobre la oportunidad que ofrece la globalización.

Iglesia y Globalización.

En principio, la persona es un ser social por creación de Dios. Es importante destacar esto, pues el hombre no es social por naturaleza, ya que entonces sólo veríamos en las sociedades humanas un reflejo de “sociedades” animales; ni tampoco la sociedad es una creación del hombre como quieren los teóricos modernos del “pacto social”, ya que así como un día crea la sociedad sobre una imagen suya, otro día la desaparecerá, pues la imagen que tiene de sí se ha vuelto borrosa.
Podemos leer en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “La naturaleza del hombre se manifiesta, en efecto, como naturaleza de un ser que responde a sus propias necesidades sobre la base de una subjetividad relacional, es decir, como un ser libre y responsable, que reconoce la necesidad de integrarse y colaborar con sus semejantes, y que es capaz de comunión con ellos en el orden del conocimiento y del amor”.[1]
La globalización no es algo de temer, es un momento ocasionado por los hombres en virtud de su propio ser social. Y por los hombres, para la mejor vida de los hombres. De ahí que es responsabilidad de éstos entender su naturaleza y saber qué hacer en tal contexto, para su bien y el de su comunidad: “Es por amor al bien propio y al de los demás que el hombre se une en grupos estables, que tienen como fin la consecución de un bien común”.[2]
Si afirmamos que la globalización corresponde a un acto humano para lograr una mejor convivencia, es preciso destacar que hay otras asociaciones mas naturales: “Algunas sociedades, como la familia, la comunidad civil y la comunidad religiosa corresponden más inmediatamente a la íntima naturaleza del hombre, otras proceden más bien de la libre voluntad”.[3] Si la globalización implica riesgos, y no supone una inmediata ni equitativa distribución de la riqueza, y peor aún, si está suponiendo por el contrario un aumento de riqueza y oportunidades de unos en desmedro de los más débiles, parece corresponder a estas sociedades un rol importante en la consecución de justicia. La persona humana es el fin supremo de la sociedad, y a su bienestar tienden y deben tender las organizaciones o estructuras sociales: “La extensión de la globalización debe estar acompañada de una toma de conciencia más madura, por parte de las organizaciones de la sociedad civil, de las nuevas tareas a las que están llamadas a nivel mundial.
Gracias también a una acción decidida por parte de estas organizaciones, será posible colocar el actual proceso de crecimiento de la economía y de las finanzas a escala planetaria en un horizonte que garantice un efectivo respeto de los derechos del hombre y de los pueblos, además de una justa distribución de los recursos dentro de cada país, y entre los diversos países.”[4]
Bajo estos presupuestos, y en el contexto descrito, creo necesario destacar en este texto la naturaleza y función de la sociedad civil.

Sociedad civil

En primer lugar, a modo de definición, será preciso hacer una pequeña historia del concepto[5]: En Aristóteles, lo que era “comunidad política” no se distinguía de  “sociedad civil”: se trataba de la entidad política en la cual el ciudadano libre era parte del gobierno de la polis. Los modernos (Hobbes y Kant, por ejemplo) entenderán la sociedad civil como el Estado, aquel al cual se accede tras el pacto social. Así, como en el caso especial de Hobbes, la sociedad civil, guiada por normas y bajo el amparo del Estado, es contraria del estado natural en el cual el “hombre es lobo del hombre”.
Fue Hegel quien por primera vez distingue Estado, sociedad civil y familia. Pero en su caso, la sociedad civil todavía no se distinguía del mercado. Podemos decir que quizás para Hegel esto era así porque en su tiempo los procesos económicos todavía no se habían independizado socialmente.
Sin embargo, el concepto de “sociedad civil” en uso de la Filosofía Política contemporánea procede de Tocqueville: “Se llama ‘sociedad civil’ al conjunto de instituciones cívicas y asociaciones voluntarias que median entre los individuos y el Estado. Se trata de organizaciones que se configuran en torno a prácticas de interacción y debate relacionadas con la participación política ciudadana, la investigación, el trabajo y la fe; constituyen por tanto espacios de actuación claramente diferenciados respecto del aparato estatal y del mercado. Las universidades, los colegios profesionales, las organizaciones no gubernamentales, las comunidades religiosas… Son instituciones de la sociedad civil”[6].
Pero si bien ésta no se confunde con la comunidad política, adquiriendo así un espacio político diferenciado del Estado como de los partidos políticos, también es cierto que esta última está llamada a fomentar la existencia de la sociedad civil e inclusive, bajo el principio de subsidiaridad, a desarrollar políticas públicas que impliquen la participación ciudadana vía las instituciones de la propia sociedad civil: “La comunidad política se constituye para servir a la sociedad civil, de la cual deriva”[7]. O dicho de otra manera: “El Estado debe aportar un marco jurídico adecuado para el libre ejercicio de las actividades de los sujetos sociales y estar preparado a intervenir, cuando sea necesario y respetando el principio de subsidiaridad”.[8]
De esta manera, por iniciativa estatal, la sociedad civil legitimaría con su actividad la acción del poder central, más aún, la democracia alcanzaría un mejor nivel de aceptación y participación, lo cual conllevaría a la posibilidad de hacer real la ansiada justicia social: “Las actividades de la sociedad civil -sobre todo de voluntariado y cooperación en el ámbito privado-social, sintéticamente definido “tercer sector”, para distinguirlo de los ámbitos del Estado y del mercado– constituyen las modalidades más adecuadas para desarrollar la dimensión social de la persona, que en tales actividades puede encontrar espacio para su plena manifestación. La progresiva expansión de las iniciativas sociales fuera de la esfera estatal crea nuevos espacios para la presencia activas y para la acción directa de los ciudadanos, integrando las funciones desarrolladas por el Estado”.[9]
En una democracia como la nuestra resulta por lo demás muy difícil hallar un estrato como la sociedad civil desarrollándose de acuerdo a su función social. Se puede decir que apareció propiamente en contra de los medios de comunicación cuando los movimientos contrarios al régimen fujimorista pretendían canalizar el hartazgo popular de las estrategias manipuladoras que fueron evidentes hacia finales de la década de 1990. Pero también adquirieron poder, pues, supieron capitalizar el descontento popular ante las medidas económicas infructuosas de entonces, situación económica agravada por la recesión que empezó en 1997 con la crisis asiática.
Para entonces surgió el debate de a quiénes representaban los miembros de la misma. Se cuestionó que algunos ciudadanos reivindicaran ciertos derechos conculcados en nombre de los ciudadanos; colectivos sociales e instituciones fueron cuestionados porque aparentemente nadie los había elegido. Pero como bien lo mencionó Gamio Gehri en el artículo ya citado, la sociedad civil no responde a la lógica de los partidos. O como se manifiesta en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “La cooperación, incluso en sus formas menos estructuradas, se delinea como una de las respuestas más fuertes a la lógica del conflicto y la competencia sin límites que hoy aparece como predominante”.[10]
Es decir, cuando un ciudadano se halla inconforme respecto de una decisión política y su sentir es compartido por otros, o cuando por el contrario percibe como provechosa determinada política pública, pero necesita de la cooperación de otros ciudadanos, entonces estos, organizados, cooperando unos con otros, no deben esperar a que la comunidad política reoriente sus decisiones como por arte de magia, o sea ella quien los reúna para fines sociales. Las instituciones de la sociedad civil no deben esperar a convertirse en partidos políticos para llevar adelante cambios sociales, es su deber organizar campañas sociales que impliquen la reflexión de la comunidad política. Por ello decimos que la sociedad civil es el puente que vincula al ciudadano con el Estado. Y realiza esa labor generando medios de comunicación alternativos, recogiendo la opinión ciudadana, generando presión pública en orden a nuevas y mejores políticas sociales, promocionando políticas sociales ya existentes, desarrollando talleres educativos que fortalezcan la conciencia ciudadana a fin de modificar conductas sociales contrarias al logro del Bien Común.
En otras palabras, podemos decir que, su función en concreto supone la reivindicación de los derechos humanos, el control del poder político y de la gestión de políticas públicas, todo ello afirmado en el diálogo, la cooperación y la solidaridad.
Si en el país nuestra democracia adolece de falta de representatividad, es porque, por un lado, los propios partidos políticos no practican la democracia interna, pero, fundamentalmente, porque la sociedad civil prácticamente no existe.[11]  Los canales de participación ciudadana son escasos y provienen de políticas públicas con gestión económica cuestionable.
De este modo, el Estado no ha podido hacer mucho en materia de gestión de la sociedad civil. La consecuencia política la vivimos en el actual proceso electoral: muchos “partidos políticos” y escaso nivel de representación. Tal y como van las cosas el próximo congreso podría ser más de lo mismo: una “clase política” ajena al pueblo, ignorante de sus preocupaciones y necesidades. Y, por otro lado, un pueblo indiferente al deterioro cada vez más palpable de la democracia.
Nos parece que en la mejora de la calidad del gasto público, sin olvidar la “austeridad” que proyecta el gobierno, debería contemplarse el subsidio de la sociedad civil, que no significa repartir dinero, sino promover imaginativamente y desde el ejecutivo o legislativo, la emergencia de asociaciones civiles que organizada y responsablemente implique la crítica al ejercicio de la autoridad y la participación en las decisiones públicas.
No hay democracia si no hay diálogo. Y es preciso que cada uno de los ciudadanos y el mismo Estado cooperen en la construcción del “otro” civil necesario para el desarrollo. La definición de la agenda para el desarrollo debería darse en el diálogo con este “otro”, así como la construcción de la propia identidad -tan importante en el contexto global que vivimos-, que sería el soporte de una política económica verdaderamente nacional. El nacionalismo no se desarrolla de arriba hacia abajo, sino desde las comunidades hacia la dirección del poder. Sólo en semejante diálogo entre comunidad política y sociedad civil, será posible una real transparencia y recuperación de la confianza en las instituciones, así como credibilidad respecto del manejo económico de la cosa pública.
Será función del Estado, entonces, asegurar una mayor participación ciudadana, promoviendo la inversión, cambiando las reglas de juego que permitan crear empresas como cooperativas de desarrollo donde, por ejemplo, las comunidades o sociedades civiles participen de fondos concursables. Esto es, reorientar las políticas públicas de modo que impliquen de suyo la construcción de canales de participación ciudadana.
Pero como no todo puede estar en manos del Estado, es este el momento para que las instituciones existentes de la sociedad civil se incorporen a la acción política recuperando su función social.
En este sentido, es preciso reflexionar sobre el rol de la Universidad en el marco global. En principio tendría que ser una institución ligada estructuralmente al plan de desarrollo regional o local, lo que lleva entonces a que dicho plan sea elaborado por la sociedad civil en diálogo con la autoridad, desde la Universidad. No es la Universidad precisamente la que deba capacitar al trabajador. La reconversión de la mano de obra es tarea del Estado como de la empresa, pero debería de existir un proyecto universitario que signifique, para el trabajador, oportunidades de actualización técnica y científica. La Universidad debe formar especialmente  personas capaces de pensar y elaborar juicios, que puedan manejarse en la sociedad con una visión de conjunto. Personas sobre todo aptas para construir el bien común en un mundo global y globalizante.





[1] Cf. “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, 149.
[2] Ibíd. 150.
[3] Ibíd. 151.
[4] Ibíd. 366
[5] Para lo que sigue Cf. GAMIO GEHRI, Gonzalo “Qué es la Sociedad Civil”, en La Cuestión Social. Año 13. n. 1, (enero-marzo) de 2005, Págs. 45-51
[6] Ibíd. Pág. 46
[7] Compendio. 417.
[8] Ibíd. 418.
[9] Ibíd. 419.
[10] Ibíd. 420.
[11] Recientemente el cobro por parte de Ivcher de una importante suma por indemnización y la ausencia de reacción social frente a ello demuestra la no existencia de la sociedad civil; lo que es más grave, demuestra que todo el tiempo y dinero invertidos en la Comisión de la Verdad parece haberse perdido, o fue un movimiento manipulado por la izquierda peruana para recuperar posiciones y nada tuvo que ver la sociedad civil en ello.