martes, 30 de julio de 2013

LOS LÍMITES DE LA GESTIÓN DESPOLITIZADA

Luego del predecible discurso presidencial en el que abundaron las cifras y el detalle de las tareas realizadas en un año de gestión, parece quedar más claro que el presidente Ollanta Humala no sólo no es un político, sino que parece no interesarle el serlo. Esto último es lo más preocupante. 

Con Alberto Fujimori, el político alcanzó el  mayor deterioro público antes visto, colocándose en su lugar la figura exitosa del tecnócrata. El gobernante pragmático que resuelve problemas, que somete los principios legales o morales a las necesidades sociales, que gobierna, en suma, de cara al interés particularmente económico de la población, esa figura se instaló en la década de los noventa y lejos de ser conjurada por el retorno a la democracia al inicio del nuevo milenio, se fortaleció en la década pasada y sigue vigente- aunque venido a menos - en la figura presidencial de Humala. Las razones del deterioro público del tecnócrata tienen que ver con el contexto económico actual en el que aún no se percibe justicia en la distribución de la riqueza, con la mala prensa que desde palacio no resalta los tres ejes de sus logros gubernamentales: inversiones, políticas públicas e infraestructura. Pero tiene que ver especialmente con la nulidad política del presidente, con la mediocridad política de los congresistas, especialmente de la bancada de gobierno, y en general con la necesidad de política y la total ausencia de una comunidad política sólida y relevante.
Esto significa que en la mentalidad democrática del peruano medio sigue vigente la figura del tecnócrata, y no podría ser de otro modo si tenemos como detalle que corrobora nuestro aserto el que la ecuación: “robó, pero hizo obras” sigue vigente. Mediocridad, corrupción, “viveza”, “criollada”, parecen aliarse con el tecnócrata desde el tiempo de Fujimori, hasta el presente. Quizás pueda rastrearse más atrás, pero desde los noventa vivimos bajo este signo en lo político y esa puede ser la razón del deterioro de la figura de Ollanta Humala, que se esfuerza en ser lo más tecnócrata posible pero que fracasa, porque a sus cifras no le acompaña una obra contundente, esa que funciona en la mentalidad del demócrata peruano medio como “la obra por la que será recordado”.
No habría problemas con ello, con la falta de pericia de Ollanta Humala para el ejercicio político, sino fuera porque en las actuales circunstancias está emergiendo la opinión pública con cierta contundencia. Estamos lejos de una sociedad civil organizada, pues las habilidades comunicativas son todavía artesanales y focalizadas, sin embargo, son cada vez más los jóvenes que generan corrientes de opinión y pueden bloquear una decisión que en tiempos de Fujimori, o del mismo García habría sido difícil de tumbar.
Las redes sociales se han convertido, para un sector de la población, en la mejor opción para mantenerse informado e interactuar con la noticia, pues los medios de señal abierta están curiosamente lejos de la noticia políticamente relevante. Las redes implican movilización, participación, diálogo – o algo parecido- mucho debate y juicio, aunque no siempre acompañado de argumentación, pero juicio desde una intuición de justicia que puede tener que ver con sentimientos o con simple indignación. Lo que se está movilizando desde las redes sociales es una nueva forma de participar en la política, y desde un sector todavía bien determinado pero que, como en el caso de “la repartija” ha podido dejar en claro que no necesita de locales partidarios o lideres visibles para actuar. Y lo que más claro está es que se ha convertido en un censor agudo de lo que es pública o políticamente relevante, y es algo que recién comienza a florecer: no debería quedar dudas para nadie que en el 2016 será un factor importante para inclinar la balanza de las elecciones.
Y es que hay un sector de la población, sobre todo juvenil, que no sólo no está interesado en la gran obra de Humala, sino que es la población insatisfecha con la “gran transformación”, es la población que en los rubros de salud y educación y sobre todo a nivel de sus ingresos no ven razones para estar satisfechos, son jóvenes y tienen suficiente educación y memoria para darse cuenta cuando algo está groseramente impuesto sobre sus derechos. Son jóvenes que entienden de libertad mejor que los que esperan la gran obra de Humala y por eso esperan más bien una infraestructura política que el presidente se ha negado abiertamente en implementar, o no tiene ya el capital humano para hacerlo; pues Humala está en búsqueda de la inclusión social, solo que está pensando en la inclusión económica y está descuidando la inclusión política, aquella por la que el ciudadano se sabe ciudadano pues ejerce sus libertades políticas. Si Humala está interesado en la inclusión para el crecimiento, no debería considerar sólo el crecimiento económico. Ni sólo el crecimiento económico es suficiente para incluir, ni la inclusión en base a programas sociales, y un discurso tecnócrata  asegurará el crecimiento sostenido. La marcha de los indignados por la “repartija” parece tener claro el mensaje: Se necesitan políticos, pues la gestión despolitizada se puede ver como la más grosera repartija de poderes.